
Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
Antes de dedicarme al análisis político y a la opinión pública, fui militante del PRI durante más de tres décadas.
Ingresé a la política siendo apenas un adolescente. Crecí en una época en la que PRI y PAN representaban proyectos profundamente antagónicos.
Eran tiempos en los que la competencia política era irreal, las diferencias ideológicas eran claras y la militancia se construía desde la convicción, no desde la conveniencia.
Por eso conozco bien la diferencia entre quienes llegan a la política por vocación y quienes llegan por oportunidad.
Hace muchos años escuché hablar de una joven panista de Ciudad Victoria.
Sus maestros la describían como brillante, disciplinada y comprometida.
Supe de ella a través de su hermano Claudio, amigo mío desde hace décadas, aunque hace más de diez años que no tengo contacto con él.
Lo menciono porque en tiempos de polarización es importante aclarar algo: la amistad con una persona no obliga a compartir sus opiniones ni condiciona el juicio propio.

Mi valoración sobre Gloria Garza no nace de una relación personal.
Nace de la observación política.
Porque Gloria Garza representa algo cada vez más escaso en la vida pública mexicana: la formación política auténtica.
Mientras muchos políticos han transitado de partido en partido siguiendo la ruta del poder, Gloria se formó dentro de Acción Nacional.
Creció en su doctrina, participó en sus estructuras juveniles, estudió sus principios y construyó una carrera basada en la constancia.
No fue producto de una moda política.
No apareció cuando el PAN llegó al gobierno.
No surgió cuando el partido acumuló poder.
Estaba ahí cuando Acción Nacional era oposición.
Cuando ganar parecía imposible.
Cuando militar exigía convicción.
Su trayectoria profesional habla por sí misma.
Licenciada en Derecho, maestra en Derecho Procesal Civil, doctorante en Derechos Humanos, catedrática universitaria, subsecretaria de Gobierno, responsable de áreas estratégicas en materia de legalidad y derechos humanos, participante en programas internacionales de liderazgo y magistrada del Supremo Tribunal de Justicia de Tamaulipas.
Pero más allá de los cargos, existe un elemento que considero más importante: la congruencia.
México atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente.
La polarización ha sustituido al debate.
La propaganda ha desplazado a los resultados.
La confrontación se ha convertido en método de gobierno.
Mientras tanto, la inseguridad persiste, el crecimiento económico es insuficiente, la inversión enfrenta incertidumbre y millones de mexicanos observan con preocupación el rumbo del país.
Ante ese escenario, la pregunta es inevitable:
¿Qué necesitamos?
¿Más políticos subordinados a intereses de grupo?
¿Más proyectos personales disfrazados de causas colectivas?
¿Más estructuras que entienden al partido como patrimonio privado?
¿O liderazgos construidos desde la doctrina, la preparación y el servicio?
Esa es la verdadera discusión.
No solamente quién dirigirá al PAN en Tamaulipas.
Sino qué tipo de oposición necesita México para recuperar el equilibrio democrático.
Porque las democracias sanas requieren contrapesos fuertes.
Requieren partidos capaces de representar ideas, no solamente candidaturas.
Requieren liderazgos que entiendan que la política es una responsabilidad y no un negocio.
Por eso considero que Gloria Garza encarna una visión distinta.
La de una mujer formada en esa cultura del esfuerzo a la que se refería Luis Donaldo Colosio cuando afirmaba que México debía ser una nación donde el origen no determinara el destino y donde las oportunidades estuvieran al alcance de todos, no reservadas para unos cuantos privilegiados.
La de una militante que conoce el partido desde abajo.
La de una profesionista que construyó una carrera propia antes de aspirar a una posición partidista.
La de una política que entiende que los principios deben estar por encima de las coyunturas.
Tamaulipas y México necesitan recuperar la política de las convicciones.
Y en tiempos donde abundan los oportunistas, los improvisados y los políticos de ocasión, perfiles como el de Gloria Garza recuerdan que todavía existen mujeres y hombres que creen en las ideas antes que en el poder.
Y quizá, precisamente por eso, representan una alternativa que vale la pena escuchar.



