
José Ángel Solorio Martínez
La mirada de Andrés Manuel López Obrador escrutaba más lejos que lo que un político tradicional mexicano, podía ver. Gobernó hasta donde pudo con el Poder judicial que le dejaron enquistado; y vaya que sintió provocaciones de todo tipo, para obligarlo a utilizar medidas coercitivas para dominarlo.
Entregaron amparos a diestra y siniestra, para debilitar el sistema que AMLO proponía para sanear la justicia y ponerla en manos del pueblo.
Como presidente, Álvaro Obregón, sintió la frustración de no poder maniobrar plenamente para doblegar a las compañías petroleras extranjeras -holandesas, inglesas y gringas-; así de macizo era el poder de los jueces, magistrados y ministros que formaban, en esa época, parte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN); Emilio Portes Gil, como abogado, vio de cerca esa experiencia del Estado posrevolucionario y como presidente, realizó una reforma judicial de facto: nombró nuevos ministros como nunca antes habían sido electos, con la consulta y anuencia de los profesionales del derecho renovó a la SCJN con miembros de la comunidad experta en la disciplina de impartir justicia.
López Obrador no cayó en la provocación, que debilitaría a su gobierno porque se transformaría en munición para la retórica de las derechas nacional y extranjera.
Como Portes Gil el presidente López Obrador, respondió con un cambio en el sistema judicial -esta vez de jure-: una reforma constitucional que llevó al Poder judicial a resolverse en las urnas.
¿Por qué insistió tanto AMLO en esa reforma?
¿Por qué consideró como una herramienta fundamental para la profundización de su proyecto?
Lo hizo para no heredar a Claudia Sheinbaum un problema; no dejarle intocado, uno de los más poderosos grupos de presión de los conservadores, que lo hicieron su instrumento para sobrevivir al cambio verdadero.
De hecho, la más feroz oposición a AMLO no provino de los partidos políticos, ni de los grupos económicos que vieron achicados sus intereses con el abandono de las prácticas neoliberales; vino sí, de los jueces, magistrados y ministros que decidieron representar a los señores del dinero y no a las mayorías mexicanas.
¿Con el viejo Poder judicial, la presidenta Sheinbaum podría tener esa posición nacionalista y patriota ante los EUA?
Difícilmente.
Con un Poder judicial militante en las filas de la derecha, no podría haber obligado a los super millonarios a pagar sus impuestos; ni les habría, restado miles de millones de pesos que eran dirigidos a los grupos desestabilizadores del país; ni mucho menos impartir justicia para todos.
Por esos actos -y otros no menos importantes- Emilio Pores Gil y AMLO, son de los escasos estadistas que ha dado México para el mundo.



