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SINGULAR

LA PANTERA ROSA.

Por: Luis Enrique Arreola Vidal

Hay biografías que se escriben con sello oficial y otras que se escriben con sangre, denuncias y silencio institucional.
La de Marina del Pilar Ávila Olmeda pertenece a las dos.
Y la distancia entre una y otra ya no es un rumor de frontera: es un abismo que el poder se niega a mirar porque le conviene que nadie mire.

Según las declaraciones reiteradas del empresario Raúl Saúl Lucero Aragón —quien ha presentado carpetas formales ante la Fiscalía y ha pagado el precio de hacerlo—, la actual gobernadora de Baja California no siempre se llamó así en ciertos círculos de Tijuana.

En el bar Las Adelitas, afirma, era conocida como La Pantera Rosa. Bailarina. Ambiente de cabaret.

Noches en las que, según su testimonio, se movían personajes que más tarde aparecerían en las fichas del crimen organizado.

Lucero no habla de oídas. Sostiene que conoció ese mundo de cerca y que su propia hermana, Damaris Lucero Aragón, terminó vinculada al entorno íntimo de la mandataria.

Como prueba presentó un video en el que Damaris aparece junto a Marina del Pilar y Carlos Torres en un concierto. La imagen existe. El contexto, como casi todo en este expediente, sigue sin investigarse.

Conviene preguntarse por qué.
De ese supuesto escenario nocturno a la candidatura a diputada, a la alcaldía de Mexicali y, finalmente, a la gubernatura del estado en 2021, el ascenso fue meteórico.

Demasiado vertical. Demasiado protegido. Demasiado conveniente.

La biografía oficial habla de abogada, militante de Morena, hija de abogados, joven promesa de la Cuarta Transformación.

La versión de Lucero habla de otra cosa: de una mujer que aprendió a leer el poder desde abajo y lo escaló con una velocidad que todavía genera preguntas incómodas.

Ninguna de las dos versiones ha sido desmentida con pruebas en un tribunal. Ninguna ha sido plenamente confirmada. Y esa ambigüedad no es casualidad: es estrategia.

Lucero ha ido más lejos. En sus intervenciones públicas y en el material entregado a la Fiscalía ha dejado sentado —con la contundencia de quien ya no tiene nada que perder— que mantuvo una relación personal con Marina del Pilar y que es el padre de uno de sus hijos, el primero, nacido alrededor de 2015.

Ella contrajo matrimonio formalmente con Carlos Alberto Torres Torres el 20 de septiembre de 2019, en una ceremonia a la que asistió el entonces gobernador Jaime Bonilla.

Se divorciaron el 24 de noviembre de 2025. El anuncio llegó exactamente seis meses después de que Estados Unidos les revocara las visas a ambos.

Carlos Torres, quien ocupó cargos honorarios en la administración estatal y en el Ayuntamiento de Tijuana, enfrenta señalamientos de la Fiscalía General de la República por presuntos delitos de cuello blanco, huachicol y posibles vínculos con redes de lavado. Él niega. Ella se separó. El timing no es coincidencia. Es elocuente.

Conviene precisar de dónde proviene cada una de estas revelaciones.

Las acusaciones de Raúl Saúl Lucero Aragón, sus denuncias por amenazas, la agresión que asegura haber sufrido y los señalamientos que dirige contra el entorno de la gobernadora han sido recogidos y documentados principalmente por Los Angeles Press a través de diversos trabajos publicados desde 2025.

Otra vertiente, distinta aunque políticamente convergente, fue abierta por Héctor de Mauleón en las páginas de El Universal: una secuencia de audios en los que se escucha a Marina del Pilar hablar de la recuperación de su visa, de intermediarios que decían representar intereses del FBI o del Departamento de Seguridad Nacional, de una eventual reunión en territorio extranjero y de la contratación de Juan Sandoval y del abogado Michael Nadler.

La propia gobernadora reconoció que una de las voces era la suya, aunque afirmó que fue víctima de una “emboscada psicológica”, negó haber celebrado acuerdos clandestinos y sostuvo que las conversaciones fueron manipuladas o presentadas fuera de contexto.

No se trata de una sola filtración ni de una única fuente. Se trata de dos rutas informativas que deben analizarse por separado. Una nace de las denuncias formales y del testimonio de Lucero; la otra, de grabaciones cuya autenticidad parcial ha sido reconocida por la propia mandataria.

Ninguna sustituye una sentencia ni acredita por sí sola la comisión de un delito.

Pero ambas, vistas en conjunto, justifican una investigación institucional seria, independiente y transparente.

Hasta ahora, esa investigación no existe.

Mientras las denuncias de Lucero —intento de homicidio, amenazas de muerte, presunta red de explotación infantil vinculada a estructuras estatales— duermen en carpetas que no avanzan, la gobernadora sí movió recursos.

Según las revelaciones de De Mauleón, entre finales de 2025 e inicios de 2026 contrató los servicios de un exagente del FBI, Juan Sandoval, y del abogado especializado en delitos de cuello blanco Michael Nadler.

El monto reportado ronda los 300 mil dólares. El objetivo declarado: averiguar el alcance real de las indagatorias norteamericanas en su contra y gestionar la restitución de su visa.

Cuando una gobernadora en funciones destina una cifra de esa magnitud a especialistas en lavado de dinero y crimen financiero internacional, la pregunta ya no es si tiene derecho a defenderse.

La pregunta es qué está defendiendo con tanto ahínco y con tanto dinero.

Y por qué el dinero corre hacia San Diego mientras las carpetas de Lucero se pudren en Mexicali.

Las carpetas de Lucero tienen números. Tienen fechas. Tienen material videográfico entregado. En noviembre de 2023 le dijeron que las órdenes de aprehensión por la paliza que casi le cuesta la vida estaban por salir.

Hasta hoy no hay detenidos. No hay medidas de protección eficaces. No hay un desmentido detallado, documentado y público de la gobernadora sobre el pasado que le atribuyen. Solo silencio administrativo, maquinaria del poder y la sospecha cada vez más fundada de que en Baja California hay denuncias que se investigan y denuncias que se archivan por conveniencia política.

Presunción de inocencia. Siempre.
Marina del Pilar Ávila Olmeda no ha sido condenada por ninguno de estos delitos. Carlos Torres tampoco.

Raúl Saúl Lucero puede estar equivocado, exagerando o impulsado por resentimientos personales.

O puede estar diciendo la verdad que nadie quiere investigar de frente porque resulta demasiado peligrosa para el proyecto político que representa.

Eso es precisamente lo que convierte este caso en algo más grave que un chisme de frontera o una venganza personal: la ausencia deliberada de una investigación seria, pública y concluyente.

En Baja California se gobierna con el peso de la frontera, del fentanilo, del huachicol y de las visas que se cancelan sin explicación oficial.

Cuando la narrativa oficial choca de frente con las carpetas de un denunciante golpeado, con un video que muestra cercanía familiar, con un divorcio que llega justo después del escándalo migratorio, con audios cuya voz ha sido parcialmente reconocida por la propia gobernadora y con un contrato de 300 mil dólares a abogados, el ciudadano tiene derecho a algo más que silencios y comunicados.

La Pantera Rosa —si alguna vez existió— ya no baila en Las Adelitas.
Ahora gobierna un estado.

Y mientras las denuncias sigan sin resolverse, mientras las investigaciones estadounidenses permanezcan bajo sello y mientras el dinero fluya hacia quienes saben desactivar carpetas en el norte, la pregunta ya no es solo quién fue.

La pregunta es por qué, con tantas carpetas abiertas, tantas visas canceladas, tantos audios en circulación y tanto dinero gastado en abogados de cuello blanco, nadie parece tener prisa por contestarla.

Porque en política, el silencio también es una respuesta.
Y a veces es la más elocuente… y la más cómplice de todas.

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