
Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
La Universidad Autónoma de Tamaulipas, antaño bastión del pensamiento libre y de la formación de generaciones enteras de profesionistas, hoy es el epicentro de una guerra intestina que exhibe el rostro más descarado del nepotismo estatal.
Detrás de la fachada académica se libra una lucha de poder, dinero y manipulación, donde el conocimiento importa poco y la lealtad familiar lo es todo.
Un rector sin mérito, un cargo por parentesco.
Si Américo Villarreal Anaya no fuera gobernador, Dámaso Anaya jamás habría llegado ni siquiera a oler la dirección de la Facultad de Veterinaria, mucho menos habría imaginado llegar a ser rector de la UAT.
No tenía trayectoria administrativa, ni experiencia directiva, ni siquiera el respeto gremial que se gana en los pasillos del mérito académico.
Fue, por años, un docente más y a veces ni eso, porque prefería andar de porrista en los eventos del PRI en lugar de dar clases.
Su arribo a la rectoría fue un acto de consanguinidad política, una imposición envuelta en discursos de transformación universitaria.
Pero lo que llegó fue un proyecto vacío, carente de visión y plagado de intereses personales.
La guerra interna: Cuéllar vs. Dámaso.
En el fondo, el conflicto no es académico, es económico.
La disputa por el control de Comunicación Social de la UAT es hoy una batalla campal por los millones que se reparten entre convenios de prensa, campañas de imagen y nóminas de aviadores.
Francisco Cuéllar Cardona, coordinador general de Comunicación Social del Gobierno del Estado, impuso desde el primer día a Manuel Aguilar como operador y filtro del flujo informativo en la Universidad.
Dámaso lo aceptó sumiso, creyendo que podría controlarlo.
Pero el control se le escapó como arena entre los dedos.
Cuando intentó meter orden y recortar convenios inflados, los ataques comenzaron.
Aparecieron videos, notas y publicaciones producidas con la calidad de una agencia profesional, acusándolo de desvíos millonarios, de empresas “patito” e incluso de una presunta relación sentimental dentro de la propia institución.
Todo, orquestado con precisión quirúrgica desde dentro, por los mismos que manejan la chequera y los reflectores.
La purificación al estilo 4T.
Ante la crisis, surgió la contraofensiva: una campaña de “purificación al estilo 4T”, en la que Dámaso fue presentado como un mártir del cambio, víctima de una conspiración mediática.
De pronto, portales, columnistas y noticieros locales comenzaron a alabar su “gestión transparente” y su “liderazgo transformador”.
Los boletines lo elevaban a los cielos, mientras los contratos seguían corriendo como si nada.
Y claro, esa defensa “espontánea” también costó. Millones.
Detrás de esa coreografía mediática, Manuel Aguilar se pavonea por los pasillos de la rectoría, hinchado de poder, presumiendo que controla periodistas, convenios y agendas.
Que tiene más influencia que Cuéllar y que maneja al rector como marioneta.
Una universidad secuestrada.
El daño es profundo. Veterinaria, la casa de origen de Dámaso, está hoy sumida en el abandono total.
Facultades acéfalas, directores interinos, auditorías por venir y una comunidad académica que ve con impotencia cómo se desmorona la institución.
La universidad que alguna vez fue orgullo del estado se ha transformado en un instrumento político más del grupo en el poder.
La autonomía se ha sustituido por obediencia, la academia por relaciones públicas y la excelencia por propaganda.
Y mientras el gobernador observa en silencio, dicen que quien sí actúa —y pide cuentas— es la doctora María Santiago de Villarreal, la verdadera voz que ordena enderezar el barco cada vez que la nave se acerca a un naufragio seguro(todos los días).
Rendición de cuentas o naufragio total.
Dámaso no es víctima. Es parte de la estructura que ha permitido el secuestro de la UAT por intereses ajenos a la academia.
Su falta de mérito lo convierte en el rostro de una institución que se hunde bajo el peso de la simulación.
El escándalo no son las supuestas amantes ni las notas anónimas: son los contratos, las facturas, las campañas infladas y el silencio cómplice de quienes deberían velar por la transparencia universitaria.
La UAT no merece ser el botín de un grupo ni la herencia de una familia.
La universidad debe ser devuelta a sus estudiantes, a sus investigadores y a su comunidad.
Porque mientras los primos juegan a la política y a las guerras mediáticas, la educación pública en Tamaulipas agoniza en el aula vacía de Veterinaria…
en el corral donde debió haberse quedado quien hoy ostenta el cargo de rector.


