
Por: Luis Enrique Arreola Vidal
Imagínese un laboratorio ultramoderno, un tanque lleno de nitrógeno líquido y su cuerpo suspendido en el tiempo, esperando que la ciencia encuentre la cura para el cáncer, el Alzheimer o, incluso, la muerte. Lo que parece el argumento de una película de ciencia ficción es, para algunos, una apuesta real. La criónica, la técnica que preserva cuerpos humanos a temperaturas extremas con la esperanza de revivirlos en un futuro, está en auge. Pero la pregunta clave es: ¿es esto realmente un paso hacia la inmortalidad o simplemente una ilusión costosa revestida de tecnología futurista?
El negocio de la eternidad: la criónica en números.
En Alemania, una startup llamada Tomorrow Biostasis lidera el mercado europeo. Ofrecen congelar cuerpos completos por 200,000 euros, o solo el cerebro por 60,000 euros. Si no tiene el dinero de inmediato, no se preocupe: puede pagar una cuota mensual de 50 euros mientras espera “el gran momento”. Hasta ahora, han criopreservado a cuatro personas y cuentan con más de 400 clientes inscritos.
En Estados Unidos, la veterana Alcor Life Extension Foundation, fundada en 1972, almacena más de 200 cuerpos y cerebros en su sede en Arizona. El costo: 200,000 dólares por un cuerpo completo y 80,000 dólares por el cerebro. Empresas como Cryonics Institute en Michigan y KrioRus en Rusia ofrecen alternativas más económicas, con precios que van desde los 28,000 hasta los 36,000 dólares.
Además, estas opciones no son exclusivas de los más ricos. Existen seguros de vida diseñados específicamente para financiar la criónica, en los cuales las primas mensuales son accesibles para un público más amplio. De esta forma, el costo del proceso puede ser cubierto por la póliza al momento del fallecimiento, haciendo que esta posibilidad deje de ser un lujo exclusivo y se acerque a un público con aspiraciones similares.
El cerebro: una apuesta futurista.
Preservar solo el cerebro, una opción más económica, también es una visión más futurista. La premisa es que el cerebro contiene toda la información que nos define: nuestras memorias, emociones y personalidad. La criónica apuesta a que avances en nanotecnología, biología sintética e ingeniería genética permitirán en el futuro:
1. Reparar tejidos dañados: Nanobots podrían reconstruir las conexiones neuronales dañadas por el proceso de congelación.
2. Crear un cuerpo nuevo: Usando clonación o impresión 3D de órganos, sería posible generar un cuerpo humano desde cero.
3. Integración cibernética: El cerebro podría integrarse en una plataforma robótica avanzada, fusionando el ser humano con la tecnología.
La idea, aunque radical, no está exenta de inspiración biológica. En la naturaleza, algunos animales poseen la sorprendente capacidad de sobrevivir a la congelación y “volver a la vida” cuando las condiciones mejoran.
Por ejemplo, la rana de madera (Rana sylvatica) es conocida por congelarse completamente durante el invierno. Su corazón deja de latir y su metabolismo se detiene casi por completo, pero compuestos anticongelantes naturales en su sangre evitan que los cristales de hielo dañen sus tejidos. En primavera, esta rana se descongela y vuelve a su actividad normal.
Otro ejemplo es la tortuga pintada (Chrysemys picta), cuyas crías sobreviven enterradas bajo hielo durante meses, utilizando una forma especial de respiración anaeróbica para mantener sus funciones vitales a pesar de la falta de oxígeno.
El escarabajo japonés (Henosepilachna niponica) también tiene la capacidad de resistir temperaturas extremas, hasta -60°C, gracias a proteínas anticongelantes que protegen sus células de los efectos del hielo.
Asimismo, el pez de hielo antártico (familia Channichthyidae) vive en aguas que están por debajo del punto de congelación. Este pez produce glicoproteínas especiales que evitan que los cristales de hielo se formen en su sangre, permitiéndole sobrevivir en condiciones extremas.
Estos ejemplos muestran que la naturaleza ha encontrado formas de adaptarse a la congelación, lo que inspira a los científicos que trabajan en criónica. Sin embargo, replicar estas estrategias en organismos complejos como los humanos sigue siendo un desafío monumental.
Casos famosos y leyendas urbanas
Matheryn Naovaratpong:
Matheryn, apodada “Einz”, era una niña tailandesa de dos años que murió de cáncer cerebral en 2015. Sus padres, ambos científicos, decidieron criopreservarla en Alcor, convirtiéndola en la persona más joven en ser preservada. Para ellos, la criónica representa una posibilidad de redención: la esperanza de que su hija vuelva a vivir cuando la medicina pueda curar su enfermedad.
Ted Williams:
El legendario jugador de béisbol fue criopreservado en 2002, también por Alcor, pero su caso generó una disputa legal entre sus hijos. Mientras algunos familiares aseguraron que Williams quería ser cremado, otros defendieron la criopreservación basada en un acuerdo firmado. Este caso expuso la vulnerabilidad emocional y legal de las decisiones relacionadas con la criónica.
La leyenda de Walt Disney:
A pesar de lo que muchos creen, el creador de Disney no fue criopreservado. Tras su muerte en 1966, Disney fue incinerado, y sus cenizas descansan en Glendale, California. Sin embargo, su asociación con la criónica persiste como un mito, probablemente alimentado por su espíritu visionario y su fascinación con el futuro.
La gran pregunta: ¿funciona o es puro humo?
Por fascinante que suene, nadie ha sido revivido tras ser criopreservado. Aunque la criónica utiliza compuestos crioprotectores para minimizar el daño celular, los cristales de hielo que se forman durante el proceso son letales para los tejidos. Actualmente, no existe tecnología capaz de revertir este daño ni de devolver la vida a un cuerpo o cerebro congelado.
A pesar de ello, los defensores de la criónica argumentan que es cuestión de tiempo. Con avances en nanotecnología, inteligencia artificial y medicina regenerativa, creen que la reanimación será posible en las próximas décadas o siglos. Pero esto depende de que la humanidad sobreviva lo suficiente para desarrollar estas tecnologías.
Retos éticos y científicos.
Más allá de los desafíos técnicos, la criónica plantea preguntas éticas importantes:
- ¿Qué derechos tendrán las personas reanimadas en un futuro?
- ¿Qué pasará si las empresas que almacenan los cuerpos quiebran?
- ¿Qué tipo de mundo encontrará alguien que sea revivido en un futuro distante?
¿Ciencia o ilusión?
La criónica es, en esencia, una apuesta al futuro. Para algunos, representa una oportunidad de desafiar las leyes de la biología y conquistar la muerte. Para otros, no es más que un negocio lucrativo que se alimenta de la desesperación humana.
Lo que está claro es que la búsqueda de la inmortalidad no es solo una cuestión científica; es un reflejo de nuestro deseo más profundo: vivir más, desafiar el tiempo y dejar de temer a la muerte.
Por ahora, el reloj sigue corriendo, y con él, nuestras vidas. Si algún día dejamos de preocuparnos por el tiempo, será porque finalmente aprendimos a detenerlo.



