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Se debe sentir, aunque no se debe ver.

Por Oscar Díaz Salazar

Me resulta agradable leer las notas periodísticas en las qué se reseñan las ceremonias de toma de posesión de los presidentes municipales, y con ellos la totalidad de integrantes de los Ayuntamientos. Aunque legalmente el cambio de autoridades se realiza a las cero horas del día primero de octubre, los actos protocolarios de los 43 municipios, se están llevando a cabo con 3 o 4 días de anticipación.

Me dejan muy buena impresión las crónicas de los actos inaugurales de las nuevas (o reelectas) autoridades locales, y no tanto por lo emotivo de las ceremonias, por la parafernalia o por los mensajes de los alcaldes, sino porque con estas ceremonias culmina un proceso de renovación de autoridades que fue democrático, equitativo, no violento, civilizado, llevado en paz y por las vías legales, aún en los casos de inconformidades con el proceso o con el resultado, resueltas en tiempo y forma en los tribunales especializados.

Los gobiernos de morena, y en este caso el de Américo Villarreal, han dado muestras de ser y actuar de manera más democrática y justa en los procesos electorales. A diferencia de otros tiempos, de otros sexenios y de otros gobernantes, las quejas por la intromisión del gobierno en las justas electorales, e incluso los señalamientos directos de actuar para violentar la voluntad popular, brillan por su ausencia.

Recapitulando lo ocurrido en los últimos meses, tenemos que los partidos y coaliciones seleccionaron sus candidatos en paz, sin coacciones, sin amenazas. De la misma forma fue el desarrollo de las campañas. La jornada electoral estuvo libre de incidentes (con excepción del riesgo contenido y neutralizado en Nuevo Laredo). Los procesos de escrutinio y cómputo se desarrollaron con normalidad. Los litigios ante los tribunales electorales se desarrollaron sin estridencia y sin ruido mediático. Y en estos días culmina un proceso exitoso y democrático de renovación de autoridades.

Si bien no es correcto hablar de agradecimiento a las autoridades por hacer lo que les corresponde y por no hacer lo que no deben, si es válido reconocer al gobernador -y colaboradores que acompañan y supervisan esos procesos- por abstenerse de actuar con intención de torcer la voluntad popular.

En todo este proceso llevado en orden, sin broncas y sin reclamos por fraude electoral, mucho tiene que ver la actitud, e incluso la personalidad del gobernador, que le bajó como cien rayitas al conflicto permanente del actuar gubernamental, y por supuesto a los colaboradores que ejecutan las indicaciones de su jefe, y que han sabido actuar con el estilo personal de gobernar del titular del Poder Ejecutivo y aquí me refiero a los que trabajan en ese dependencia cuyo titular, conforme a la opinión de los expertos, se debe sentir, aunque no se debe ver.

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